HENRI JAYER


HENRI JAYER

Esta botella de vino fue vendida en una subasta en Hong Kong en 2012 por 50.000 euros. ¿Cómo es posible que un momento efímero como es tomar vino cueste tanto? La respuesta es simple : el viticultor detrás de este vino es Henri Jayer, la leyenda de Borgoña. Desde su muerte en 2006, el precio de sus botellas aumenta año a año.

¿Por qué Jayer es considerado como el mejor viticultor de su generación? ¿Cuáles eran sus secretos y de qué manera impactó el mundo del vino? Este es el retrato de un hombre que logró traer la tradición al centro de la viticultura moderna.

Un hombre del campo con valores

Un cuerpo imponente revela un hombre del campo fuerte. Sus manos gruesas son las de un viticultor que trabajó la tierra toda su vida. Sus ojos azules son brillantes y simpáticos, y su postura, recta y orgullosa. Su acento campesino encanta al hablar. Simpatía y simplicidad emanan del personaje. Le queremos llamar abuelo aunque sabemos que está prohibido echarle agua al vino durante una comida familiar. Es un trabajador incansable, una persona con convicciones que nunca da su brazo a torcer cuando sabe que tiene la razón.

También es alguien que emprendió con audacia: en 1945 empieza a trabajar como viticultor con Vosne Romanée y se convierte en uno de los primeros en estudiar enología, una ciencia que, como él mismo lo decía, es una ciencia que necesitamos conocer para aprender a no usarla. El estilo de Monsieur Jayer es simple: entender y respetar la naturaleza. En una época en la que el sector agroquímico propone una nueva manera de hacer las cosas, Jayer entiende que todos estos químicos no son buenos para sus viñas. Para él, los rendimientos límites son válidos, es decir, limitar el número de grapa de uva en cada pie de viña para que las frutas tengan la mayor concentración posible. En sus bodegas, el lugar donde se hace el vino, también innova, popularizando la maceración fría. Fomenta la lentitud. Todo tiene que pasar suavemente. La gente lo cree loco, ¡y mejor! Le gusta sentirse diferente y, en todo caso, le gustan sus vinos: son finos, elegantes, con personalidad, con frutas dominantes, girando jóvenes e increíblemente complejos cuando envejecen, quizás a imagen y semejanza de su creador.

Un éxito no calculado

Sus primeros éxitos se dan en Estados Unidos cuando una de sus amigas presenta su “cru” de 1978 en un salón de Los Ángeles, esa botella que hoy cuesta 50.000 euros. A los estadounidenses les encanta y él decide enviar gran parte de su cosecha allí. En esta época cada botella no valía más de 10 euros. Y luego vino el tornado mediático.

El “Wine Spectator” le da una puntuación de 19/20. Los grandes periódicos de Estados Unidos no paran de hablar de Jayer. Sus “cru” de 1985, 1990 y 1991 son maravillas puras. Mientras tanto, en Francia, intentábamos entender por qué Monsieur Jayer vendía sus vinos antes de haberlos hecho. Todos los quieren y los precios aumentan cada año. Un día, un millonario lo visitó, confiado en que saldría de allí con una caja de 12 botellas, a lo que la leyenda le respondió: “usted no va a tener ni una”. Recibe viticultores de Borgoña para explicar su metodología y ofrecer consejos sin imponer de ninguna manera sus ideas. Entrenó a su sobrino Emmanuel, quien finalmente se convirtió en su sucesor en 2001. El apeo llegó con su muerte en 2006 cuando sus vinos llegan a ser los más caros del mundo, aún más caros que la Romanée Conti, el mítico viñedo de Borgoña. Lo que pasa a partir de ese momento ya lo saben: sus botellas se venden por decenas de miles de euros.

Los “hijos” de Henri

Henri dejará una huella considerable en el mundo de la viticultura moderna y sus sucesores son varios, tanto en Borgoña como en muchos otros lugares del mundo. En la actualidad, las tendencias orgánicas o biodinámicas son consecuencia directa del impulso de Henri Jayer por respetar la naturaleza. Ahora, los viticultores son capaces de alcanzar esta perfección pues el maestro logró transmitir ese impulso. Nuestras papilas gustativas le agradecen por haberse arriesgado a hacer las cosas de manera diferente. ¡Gracias Henri!

Salud

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